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27 Dic
2008

Rumanía, mucho más que Drácula (I)

Publicado en: |

Texto: Enrique Sancho

Oficina de Turismo de Rumanía en Madrid

En el extremo oriental de Europa, entre el mar Negro y los Cárpatos se esconde el último tesoro de Europa. Un país bastante virgen al turismo, donde todo permanece en estado puro y donde los precios parecen sacados del túnel del tiempo. Rumania tiene ciudades medievales ancladas en el pasado, monasterios ortodoxos plagados de arte, paisajes deslumbrantes y unas gentes sencillas y acogedoras que reciben al viajero con los brazos abiertos. Hay que darse prisa por conocer Rumania, antes de que las cosas cambien.

El marketing turístico, las promociones comerciales, la necesidad de títulos brillantes han hecho casi imprescindible encontrar una justificación para emprender un viaje. Se buscan rutas insólitas, nombres rimbombantes, aniversarios o citas históricas para explicar que hay que ir a un determinado lugar. Así han nacido muchas referencias no siempre reales que, sin embargo, suelen tener éxito.
Rumania, un país casi virgen para el turismo, no podía ser una excepción y así ha ido creciendo una vez más el mito de Drácula y las rutas que pretenden seguir sus huellas.

Curiosamente, un personaje abominable e inexistente parece causar cierto morbo en los visitantes que quieren encontrar a la fuerza su rastro. Pero la tarea es complicada. Drácula, el conde Drácula, el protagonista de la célebre novela de Bram Stoker, es un personaje ficticio creado por un escritor que jamás pisó tierras rumanas y, aunque se documentó bastante bien sobre Transilvania en la Biblioteca Británica, la mayoría de los lugares y escenarios que menciona en su obra no existen, o al menos no como él los describe. El otro Drácula, el príncipe Vlad Tepes, al que se conocía como Vlad Draculea (hijo de Dracul, el apodo de su padre en la orden del Dragón) sí es real y habitó estas tierras, pero la mayoría de los lugares relacionados con su vida son supuestos: donde nació, los castillos que habitó, su tumba…
A pesar del "tirón" turístico que la figura de Drácula puede ofrecer a ciertos turistas, los rumanos apenas han explotado el filón, en parte porque sus esquemas turísticos son bastante rudimentarios. A muchos de ellos incluso les ofende un poco esa popularidad. El Drácula literario y cinéfilo es casi ignorado, porque Ceaucescu prohibió la traducción al rumano de la novela (la más leída en Gran Bretaña tras Shakespeare y la Biblia) y la proyección de sus películas (más de 200) y sólo después de 1990 empezó a ser conocido, pero todavía no ha despertado un gran interés; y el Drácula real, al que se llamaba por el apelativo de "el Empalador" por el método que solía emplear para torturar y matar a sus muchos enemigos y buena parte de sus amigos, fue un personaje muy controvertido, entre héroe nacional y sanguinario sátrapa, cuya vida está envuelta en el misterio.

La mayoría de la gente conoce más o menos al príncipe Drácula cruel, vengativo, sádico, que disfrutaba paseando o incluso cenando rodeado de un bosque de empalados. Los rumanos conocen al Tepes que acabó con la delincuencia, protegido del Papa, defensor de sus tierras, sanguinario sí, como muchos reyes y mandatarios de la época, que utilizaba el terror para disuadir a sus enemigos y, en el fondo, evitar nuevas muertes.

En un viaje por Rumania no es raro escuchar a alguna gente quejarse porque no se le ha dedicado una calle en Bucarest, o porque su retrato no figura en la galería de héroes rumanos, o a otros que añoran la tranquilidad y prosperidad que el príncipe Vlad consiguió durante su mandato. Hay alguno incluso que incluye en el amplio santoral rumano a "san" Drácula.

 
 
Continúa en Una Excusa para conocer Rumanía.
 


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