17 Ago
2011

El Oráculo de Delfos

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Oráculo de Delfos

Oráculo de Delfos. Imágen: antiguaymedieval

En medio de las montañas, rodeado de una hermosa vegetación y en un sitio en el que parece que se puede respirar la magia, se crea en ella o no, se encontraba hace siglos uno de los lugares de peregrinación más famosos de toda la Grecia clásica. No es otro que el oráculo de Delfos, situado a casi 180 kilómetros de Atenas en las faldas del monte Parnaso, donde, se decía, que se encontraban las musas que inspiraban las artes y la cultura.

¿Por qué tuvo tanta fuerza espiritual este lugar? Los antiguos griegos pensaban que justo en este sitio se encontraba el centro del mundo, lo que le otorgaba una fuerza simbólica sin parangón. El mito que lo explica relata que Zeus y Atenea tenían una disputa por saber dónde se encontraba el centro de la tierra, pero Zeus ganó la batalla después de soltar dos águilas en dirección contraria y juntarse justo en este lugar donde se colocó una piedra con forma de huevo: el “omphalos”.

Su importancia se vio acrecentada cuando Apolo decidió fundar aquí uno de sus principales santuarios, puesto que se entendía que esta zona estaba dominada por la serpiente Pythos que encarnaba la sabiduría. El dios adoptando la forma de delfín (de aquí el nombre final de Delfos del santuario) se apareció a unos marineros de Creta anunciándoles lo siguiente: “custodiaréis mi templo, que será rico en tesoros y honrado por muchos hombres y conoceréis los pensamientos secretos de los dioses inmortales”.

Precisamente, en honor a la serpiente Pythos recibieron su nombre las sacerdotisas del oráculo de Delfos. Las pitonisas eran mujeres elegidas por su irreprochable vida que aceptaban vivir por siempre en el santuario, pues el cargo era vitalicio y, una vez recibido, irrenunciable. Ellas eran las encargadas de poner en contacto a los dioses y a los hombres con sus adivinanzas y vaticinios, unas consultas que se fueron multiplicando a raíz de su creciente fama lo que obligó a que se nombraran hasta tres pitonisas en la época más floreciente de Delfos.
Estas adivinaciones eran muy peculiares, puesto que se creía que las pitonisas entraban en contacto con los dioses y hablaban en su nombre. Algunos aseguran que, junto a la sala donde se reunían, había una grieta desde donde se emanaba gas alucinógeno, otros creían que el agua de la cercana fuente de Castalia tenía estas propiedades, mientras que otras personas consideraban que tomaban hongos y plantas con tales características.

Sea como fuere, las previsiones de estas mujeres eran muy vagas, ambiguas y confusas, aunque eso no importaba a los creyentes puesto que entendían que, si se equivocaban sus previsiones, es que en realidad no se las había interpretado de la manera correcta. La primera pitonisa del oráculo de Delfos se llamaba Sibila; de ahí, quedó la definición en castellano de sibilino como “misterioso, oscuro con apariencia de importante”, según el diccionario de la Real Academia Española.

A pesar de la inexactitud de sus vaticinios, no había personaje importante que no acudiera a Delfos a solicitar a la pitonisa su opinión sobre nuevos proyectos que deseaban emprender cada día 7 de mes (fecha en la que se consideraba que se celebraba el nacimiento de Apolo). En este sentido, una de las consultas más famosas fue la del rey Creso de Lidia antes de emprender la guerra contra los persas. “Si Creso cruza el río Halys, caerá un gran reino” fueron las palabras que obtuvo de la pitonisa; el rey entendió que el reino que caería iba a ser el de los persas, pero salió derrotado y su reino fue conquistado por Ciro II el Grande en el año 546 a.C.

Oráculo de Delfos

Oráculo de Delfos

Todas las personas que decidían acudir a Delfos a consultar a las pitonisas debían hacer un sacrificio en el altar que estaba situada delante del templo de Apolo rociando a una cabra con agua fría (si el animal se estremecía era posible sacrificarlo para adivinar el futuro en sus entrañas); posteriormente, tenían que pagar las correspondientes tasas para exponer su pregunta y escribirla en una tablilla que llegaba a manos de la pitonisa con la ayuda de un sacerdote. Antes de todo esto, estos peregrinos, que tenían que enfrentarse a un arduo viaje para llegar a Delfos situado a 570 metros sobre el nivel del mar en una zona rocosa, debían purificarse en las aguas del la fuente de Castalia.

La pitonisa, que debía subir al trípode sagrado situado en el fondo del abaton, actuaba como médium, ya que por su boca y cuerpo se manifestaban supuestamente los dioses; los sacerdotes del templo eran los encargados de interpretar aquello que había transmitido la pitonisa en el momento del trance.

A partir del siglo V a.C., la popularidad del oráculo de Delfos comenzó a decaer poco a poco, puesto que los sacerdotes que interpretaban los momentos de trance de las pitonisas empezaron a mostrarse parciales con las guerras entre polis vaticinando siempre victorias e intereses al lado de ciudades como Esparta o Atenas. Sin embargo, no fue clausurado oficialmente hasta el año 385 d.C. por orden del emperador Teodosio cuando el nuevo cristianismo fue apagando el culto politeista griego. Este lamentable final ya fue vaticinado por uno de los oráculos que más fama han cogido por su triste acierto: “decidle al rey que el hermoso templo está en ruinas, Apolo no tiene techo con qué cubrirse, las hojas de laurel callan y fuentes y manantiales proféticos fenecen”; estas fueron las palabras que recibió el emperador Juliano en el año 360 d.C. cuando decidió consultar en otrora el famoso oráculo de Delfos.



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