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23 Jun
2011

Necrópolis de Tebas: un paseo por las maravillas de Egipto

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Recorriendo la antigua ciudad de Tebas, el turista se sorprenderá con la ciudad que alberga algunas de las visitas más impresionantes de todo Egipto. El templo de Hatshepsut, el Valle de los Reyes y los colosos de Memnón centrarán nuestras miradas a lo largo de este recorrido por uno de los lugares más bellos de África.

Ocupando los terrenos bañados por el gran meandro del Nilo, la región tebana se convierte en la primera parada de la mayoría de viajes organizados a Egipto, por la presencia de infinidad de restos arqueológicos de la antigua ciudad de Tebas (la ciudad de las cien puertas, según Homero), hoy en día compuesta por Luxor y Karnak. Además de los majestuosos templos que albergan ambas ciudades, la zona de Tebas es conocida por sus necrópolis, destino obligado al menos una vez en la vida.

Detalle del templo de Hatsepsut

Detalle del templo de Hatsepsut

Debido a las complicaciones propias del país, lo normal para el turista es contratar cruceros por el río con todas las visitas guiadas, por lo que la única dificultad para llegar a la zona reside en encontrar al guía correcto en el aeropuerto de llegada, en el propio Luxor. Sepa, sin embargo, el que desee arriesgarse y hacer el viaje por su cuenta, que para encontrar las necrópolis tebana deberá atravesar el Nilo para empezar la excursión por su lado occidental; y que deberá hacerlo lo más temprano posible, antes de la salida del sol, para contemplar el templo funerario de la reina Hatshepsut (Deir El-Bahari) en condiciones.

Esta es, de hecho una de las grandes maravillas que la historia de la humanidad ha dado. Situada a las afueras de la urbanización, en el IV nomo del Alto Egipto (entendiendo como tales cada una de las subdiviones geográficas del país), el sanctasanctórum de la reina domina imponente un infinito valle por el que se accede para comenzar el recorrido. Se trata de una edificación ideada por el arquitecto Senenmut y construida en el 2050 a.C., cuya estructura consta de una inmensa escalinata central que desemboca en un majestuoso templo a base de terrazas pobladas, hace un tiempo, por varias esculturas de las que aún ahora se conservan algunos restos. Sólo por el tamaño y la localización, la visita vale la pena; pero si además se tiene la suerte de hacer coincidir el final de la misma con la salida del sol, el espectáculo sobrecoge. Eso sí, dependiendo de la temporada, la temperatura sube vertiginosamente hasta límites insoportables, por lo que es conveniente retirarse lo antes posible. De hecho, aunque el horario de apertura al público sea de 06:00 a 17:00 h., la mayoría de visitas tienen lugar por la mañana.

En los alrededores del templo se hallan además diversas localizaciones con sepulcros de nobles egipcios, pero destaca por encima de todas el Valle de los Reyes (o Valle de las puertas de los Reyes), la necrópolis donde descansaron la mayoría de faraones y cuyo precio por entrada incluye un recorrido por tres de sus tumbas, a elegir por el turista y con ciertas excepciones. La zona, Patrimonio de la Humanidad desde 1979, destaca por la preciosidad de las pinturas que decoran los interiores de los mausoleos, entre los que brillan con luz propia los de Siptah, Tutmosis III, Ramsés IV, Ramsés VI y Ramsés IX. Aunque seguramente el más mediático sea el de Tutankamón, su acceso requiere un pago adicional poco recomendable, puesto que casi todo su contenido se encuentra en el museo de El Cairo; además, cabe advertir que no todas las tumbas suelen estar abiertas a la vez, puesto que van necesitando trabajos de restauración constante. Con todo, es sin ninguna duda una de las visitas más fascinantes de Egipto.

Los colosos de Memnon

Los colosos de Memnon

No se puede abandonar la zona sin hacer un alto en el camino (literalmente). Y es que desde el mismo autobús, recorriendo la calle Al Tmsalyn para más inri, pueden contemplarse dos enormes estatuas situadas una al lado de la otra, con la forma del faraón Amenhotep III. Se trata de los restos de los colosos de Memnón, que en su día hacían de entrada al templo funerario del mismo (hoy en día prácticamente desaparecido). Y aunque el tiempo, el clima y los terremotos les han hecho un flaco favor, aún ahora se conservan en un estado lo suficientemente válido como para palpar toda su grandeza… en sentido más exacto de la palabra. Dieciocho metros mide cada una de ellas, por lo que se recomienda acercarse lo máximo permitido y comprobar desde ahí sus vertiginosas proporciones. Una curiosidad de obligada mención: un fenómeno natural hacía que las esculturas cantasen por las mañanas. Obviamente, se trataba de un efecto combinado entre viento, cambios de temperatura y erosión, que a día de hoy ya no puede apreciarse después de la restauración que sufrieron los colosos en el siglo III d. C.; pero no deja de ser un valor más que añadir a ese aura mágica que desprende la cultura egipcia y que se respira en cada una de las visitas por el país.



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